Inexistencia de cultura política
En una democracia se supone que la toma de decisiones responde a la voluntad general. Los ciudadanos eligen a sus representantes mediante un sistema electoral por el cual se configuran aquellos puestos que ostentarán el poder.
Dejando de lado las imperfecciones de los sistemas electorales, las deficiencias de los mecanismos de escrutinio de votos, y cualquier tipo de factor administrativo que atente contra el principio “una persona, un voto” (que no son pocos, ni exentos de gran importancia); existen otros matices que deterioran la democracia en sí.
Estos rasgos gozan de la característica de no ser apreciables a simple vista, y a menudo no lo son ni a través de un proceso complejo. Son a su vez, muy diferentes entre sí, perteneciendo a ámbitos distintos a los cuales se les da, equívocamente, poca trascendencia. Se conocen, pero no se tienen en cuenta.
En primer lugar podríamos destacar el problema de la participación en unas elecciones. Que no toda la población exprese su voluntad resta legitimidad a los elegidos. No pueden considerarse preferidos por la mayoría del pueblo porque una parte de éste (a veces de una proporción muy considerable) no ha participado en la votación.
Entramos entonces en el tema de la impasibilidad como rasgo fundamental de los ciudadanos. Si no votan no es por falta de ideas, ni de inquietudes; sino por desinterés y apatía, fundamentalmente. Estas personas no son conscientes de que disfrutan de uno de los derechos más importantes del mundo contemporáneo, que costó sangre, lágrimas y dolor a aquellos que lucharon por conseguirlo. Al igual que tampoco asimilan que tienen en su mano un pequeño atisbo de poder para cambiar las cosas.
En otra dimensión permanecen aquellos que votan sin conciencia política, ya sea por obligación de tipo moral o familiar, o por inercia. No son pocos quienes van a depositar su voto porque les hace ilusión, o porque sus personas más cercanas lo hacen y ellos no pueden ser menos.
De esta manera, el destino del voto no estará sometido a la orientación de pensamiento, sino a factores superficiales y casuales:
Si un amigo o familiar se encuentra entre los candidatos, no hará falta pensar el voto.
Si toda la familia o amigos votan lo mismo, uno no tardará en decidirse.
Si uno de los candidatos parece tener buena imagen estética, él se llevará el voto.
Si en el colegio electoral se advierte la simpatía de algún afiliado político, el voto irá a su partido.
Si es la primera vez que vota y no sabe bien cómo funciona, cualquier interesado puede engañarle.
Si la papeleta es verdaderamente original, quizás valga la pena cogerla.
Por último tenemos a quienes van al colegio electoral muy decididos, porque saben perfectamente a quienes van a votar y están convencidos de que obran conforme a sus ideas. Pero este grupo tampoco escapa a los problemas.
La gran mayoría de ellos no saben cómo funciona el sistema electoral en toda su complejidad; no conocen las artimañas ocultas del procedimiento, y actúan desde una relativa ignorancia, votando a menudo por posturas que de poseer toda la información relevante, no votarían.
Otros están motivados por aquello que escucharon en el último mitin, porque fueron convencidos por palabras y promesas cautivadoras, que no tienen por qué reflejar la realidad.
Algunos votan por tradición, sin saber realmente cuales son los ideales del candidato elegido, a la vez que mantienen una ciega fe en su futuro comportamiento.
Unos pocos no votarán al candidato con el que estén de acuerdo, sino al que menos les desagrade; ya sea porque no exista la opción que piensan es ideal, por estrategia política para evitar un mal mayor, o por puro desconocimiento de la existencia de un partido más acorde a su pensamiento.
Y ya al margen de estos tres grupos, se encuentran los que votan con conciencia y cultura política, sabiendo lo que hacen y conociendo, en mayor o menor medida, todo el espectro político y sus orientaciones ideológicas.
Precisamente este grupo conforma una minoría en toda la población ciudadana.
Después de analizar las diversas agrupaciones de votantes y no votantes, cabe afirmar que la sola existencia de un régimen democrático no determina que la élite política elegida sea la que en realidad desea la mayoría de los ciudadanos; o al menos, la que más acorde está con los intereses e ideas de la población en general.
Hasta que no exista una cultura política generalizada en un determinado país, la elección de los representantes desgraciadamente no responderá únicamente a su ideología y a su conducta política.
El ser humano no es egoísta por naturaleza
Thomas Hobbes concibió al ser humano como egoísta y antisocial (malvado) por naturaleza, un “lobo para el hombre” (homo homini lupus), algo radicalmente contrario a lo presumido por Platón y a Aristóteles.
Esta expresión es muy utilizada por ciertas personas, con objeto de excusar aquellos comportamientos que se orientan inmoralmente en determinados aspectos, ya sean propios o ajenos. De esta forma realizar un acto en beneficio propio, sin importar el daño que pueda producir a terceros, se entiende no sólo de lo más lógico y habitual, sino como también algo imposible que no se dé; como algo necesario. Tonto será aquel que no aproveche una oportunidad para beneficiarse a costa de otros, si tiene esa oportunidad.
Asimilando que al ser humano única y exclusivamente le importa lo inherente a uno mismo, el individuo actuará en consecuencia: rebasando todo obstáculo que se interponga por delante sin atender a nada más que al fin último anhelado. La vida aparece entonces como una lucha, como una competición en el que el más fuerte merece vencer; la vida de los seres vivos tal y como estamos acostumbrados a entenderla.
Lo que escapa a estas mentes simplistas e individualistas es que la tendencia a la agregación, es decir, a la unión en conjuntos más amplios y complejos, puede considerarse como una tendencia general que se encuentra inserta en la propia lógica de la vida:
Los biólogos han puesto un gran énfasis en señalar la predisposición positiva general de las células para la hibridación, al tiempo que los etólogos han subrayado que en la naturaleza animal son más abundantes los casos de cooperación y asociación que los de confrontación y destrucción.
Los seres vivos se agrupan básicamente para encontrar respuestas y soluciones a problemas con los que no es posible enfrentarse eficazmente de manera individual y aislada.
De hecho, nuestra especie como tal ha llegado a ser lo que es gracias a esta tendencia que empezó a llevar a cabo desde sus orígenes, allá en tiempos donde la actividad de cazar pasaba a ser profundamente más eficaz si se actuaba en grupo.
Por lo tanto, el ser humano no es egoísta por naturaleza. Si lo es, es por cultura. Y no precisamente todas las culturas de la faz del planeta propugnan estos comportamientos. Es sabido que las culturas más antiguas en el tiempo eran mucho más humanas y de cooperación, e incluso hoy día diversas tendencias de culturas asiáticas promueven ideales de amor antes que de conflicto.
El ideal más devastador en este sentido en toda la historia del ser humano ha sido el del capitalismo, con sus orígenes muy influidos por el pensamiento calvinista, donde Dios otorga el perdón y la gloria no por obras, sino por fe; así como sus motores principales entre los que se encuentra la idea de competencia de Adam Smith como el mejor instrumento de distribución de la riqueza.
La solidaridad, la camaradería, el compañerismo, la fraternidad, la cooperación, la colaboración… son muchos de los conceptos que han sido enterrados por la fría lógica racionalista del capitalismo, atentando contra los mismos principios de la Naturaleza y contra el Ser Humano en sí mismo.
¿Compra de votos mediante ayudas?
Existe un discurso de muchas personas de ideología conservadora que me llama mucho la atención. Últimamente ha llegado a mis oídos con frecuencia, con temas tan dispares como lo son las próximas elecciones o la política de Hugo Chávez.
Quizás el más representativo sea este último, por lo que ejemplificaré el discurso con este asunto:
Cuando el presidente venezolano orienta su política a los habitantes más necesitados y desfavorecidos de su país, ofreciendo ayudas económicas y otorgando prestaciones asistencialistas en general; desde la perspectiva citada el objetivo fundamental de esta actuación no es más que una compra de votos y de apoyo. Se ayuda para recibir una contraprestación, y no por solidaridad o por obligación moral.
Es curioso como intentan que una conducta que no sólo es totalmente positiva, si no muy necesaria y casi inconcebible que no se dé dadas las circunstancias; se convierta en un comportamiento reprochable y negativo.
Ciertamente cualquier persona que sea capaz de ver más allá de lo superficial advertirá que el discurso está completamente dirigido a defender los intereses del ponente, que incuba un desprecio hacia el autor de dichas labores. Así desprestigia una plausible actuación invirtiendo los valores para condenar a su ejecutor.
Supongamos por un momento que la única intención de Hugo Chávez fuese, como dicen algunos, ganarse el favor de la gente a través de estas ayudas. ¿Qué sentido tiene criticar el comportamiento si es de lo más loable, por mucho que la causa no lo sea? Se supone que el gobernante debe procurar el bien para sus ciudadanos, y si lo hace, ¿qué importa que sea para seguir en el poder, y por lo tanto, seguir haciéndolo?
Supongamos ahora que el presidente venezolano realiza estas ayudas de manera altruista, sin intenciones oscuras de seguir en el poder, si no simplemente porque sus ideales le instan a comportarse así. ¿Es justo entonces que reciba tales críticas? ¿Qué podría hacer para demostrar que sus propósitos son honestos?
La característica de este discurso crítico es que carece de demostración alguna, por lo que puede ser utilizado (injustamente, en favor de unos intereses concretos) en cualquier situación y en cualquier momento, como así ocurre también con la política social del gobierno durante estos últimos cuatro años.
Analizando aspectos así parece que ni siquiera haciendo el bien uno se libra de ser atacado por aquellos rivales políticos que sin remordimiento alguno utilizan cualquier artimaña para salirse con la suya.
Una simple discoteca
Una fiesta universitaria se había preparado en una discoteca moderna de gran prestigio entre los jóvenes del lugar. Las entradas para la misma se habían estado vendiendo en el campus universitario, y según afirmaban los vendedores existía un cupo máximo de ventas, por lo que no iba a haber problema de espacio en la discoteca.
Sin embargo la misma noche de la fiesta no parecía lo mismo. Más de cien personas hacían cola desorganizadamente frente a la puerta del local, observando cómo el número de personas que se acumulaban en la cola aumentaba más rápido que el número de personas que entraban a la discoteca. La impaciencia empezó a reinar en el ambiente, y los más oportunistas y egoístas emprendieron todo tipo de movimientos con el objetivo de colarse. Los empujones surgieron de todos lados, y el ambiente empezó a caldearse aún más. El grado de alcohol que la mayoría llevaban ya en sangre influía muchísimo en el comportamiento de los abusadores, pero de ninguna manera lo determinaba. El alcohol no podía ser excusa de ese repulsivo comportamiento.
Numerosas personas decidieron no entrar, por lo que procedieron a revender su entrada a aquéllos que todavía no la tenían. Como eran conscientes de la necesidad que tenían algunos por comprarla, muchos no dudaron en revenderla a un precio bastante superior. Esa conducta usurera y totalmente reprochable era vista como normal y digna de personas inteligentes, tanto por los abusadores como por los abusados. Y es que la injusta doctrina del capitalismo llega a todos los ámbitos y dimensiones en esta sociedad deshumanizada.
La gota que colmó el vaso fue el cierre de la puerta del local, que propició un masivo y justificable malestar general, además de conceder la mejor excusa a los alborotadores para intensificar su conducta. Los porteros sólo podían comunicar la razón del momentáneo cierre a los primeros de la cola, por lo que la mayoría de la gente no consiguió entender qué es lo que estaba pasando y se imaginaron lo peor: que ya no podrían entrar en el local.
Así que la desesperación desembocó en una masa de personas que se abalanzaron hacia adelante, como si empujar y avanzar les sirviese de algo estando el local clausurado. Pero aquello no era comprensible para los que seguían empujando cada vez con más fuerza. Se sentían mejor cada vez que daban un paso, cada vez que estaban más cerca de la puerta; pero no eran capaces de comprender que eso no les servía de nada, a pesar de que sabían que la puerta estaba cerrada. Los porteros se ayudaban en la vanguardia de algunos agentes de la policía, que empeñaban todo su esfuerzo en contener a la avalancha de personas.
La cada vez más intensa presión consiguió angustiar a tantas personas que éstas intentaron salir de la masa de gente. Pero ya les resultaba imposible: la presión era tal que muchas personas quedaron atrapadas en su sitio, de manera que incluso no les era necesario pisar el suelo para mantenerse erguidos. El agobio impidió a más de uno respirar sin dificultades, y a otros a llorar de exasperación. A aquéllos que empujaban poco les importaba el estado de sus víctimas; es más, no dudaban en contestarles de mala manera si su conducta les era reprochada.
Gritos, irritación, lloros, disputas, insolidaridad, codicia, individualismo… Lo más oscuro del ser humano se apoderó de unas personas que no luchaban por sobrevivir, ni por conseguir el único alimento con el que sustentarse; si no por entrar en una simple discoteca.
El Sistema d’Hondt
El Sistema d’Hondt es un método electoral que se utiliza, generalmente, para repartir los escaños de un parlamento o congreso, de modo no puramente proporcional a los votos obtenidos por las candidaturas.
Tras escrutar todos los votos, se calculan una serie de divisores para cada lista. La fórmula para los divisores es V/N, donde V es el número total de votos recibidos por la lista, y N son números enteros que van desde 1 hasta el número de escaños de la circunscripción objeto de escrutinio. Una vez realizadas las divisiones de los votos de cada candidatura entre cada uno de los divisores desde 1 hasta n, la asignación de escaños se hace ordenando los cocientes de las divisiones de mayor a menor y asignando a cada uno un escaño hasta que estos se agoten.
El ejemplo [1] supone 5 partidos con los siguientes votos, que se reparten 7 sillas o escaños.
- Por comodidad, ordenamos los partidos A, B, C, etc por orden decreciente de voto.
- Asignaremos los 7 escaños uno a uno. Realizaremos un “test” por escaño y decidiremos el partido al que lo adjudicamos. El resultado lo destacamos en rojo en la tabla.
- Al Partido A, Divisor 1 (340.000), le correponde el número mayor. El primer escaño va para el primer candidato de A.
- Al haber “gastado” el divisor 1 para la columna “A”, compararemos el divisor 2 de A con los “disponibles” en el resto de columnas, que por no haberse estrenado son todavía divisor 1.
- Al comparar el Partido B, Divisor 1 (280.000) con A/2 (170.000), gana B/1, así que el segundo escaño va para B.
- Los divisores 1 de A y B están “gastados”, así que compararemos el A/2 y B/2 con C/1, D/1 y E/1.
- Al comparar A/2 (170.000), B/2 (140.000) y C/1 (160.000), gana A/2, así que asignamos el tercer escaño a A.
- La siguiente comparación (A/3, B/2 y C/1) hace que C/1 (160.000) sea superior a A/3 (113.333) y a B/2 (140.000), así que el cuarto escaño va para el primer candidato de la lista C.
- Y así sucesivamente con tantos escaños como tengamos que asignar.

Gracias a este ejemplo sencillo se puede observar cómo el porcentaje de escaños obtenidos no se corresponde con el porcentaje de votos recibidos. De hecho, siguiendo este procedimiento la mayoría absoluta se puede obtener con apenas un 35% de votos. Es decir, este método electoral (empleado en países como España) no sólo excluye a las minorías elegidas, dejándolas al margen de toda intervención en el parlamento en cuestión, sino que asegura que los partidos más votados salgan aventajados frente a los menos votados.
Se trata de un injusto y complejo mecanismo que, escondiéndose bajo los términos de democracia, no es más que un fraude encaminado a mantener en el poder a aquellos que ya gozan de él, y a marginar a aquellos que nunca lo han tenido.
Y no se trata del único procedimiento establecido en el ordenamiento jurídico español que se aleja del verdadero principio de democracia, entendido como participación del pueblo en el poder a través de sus representantes, pues no hemos de olvidar que elementos como las listas cerradas (que sólo nos permiten elegir al partido, y no a sus componentes), la desigualdad entre porcentaje de votos y porcentaje de población a nivel estatal a partir de las distintas circunscripciones, y el período de cuatro años en los que el pueblo no interviene en las decisiones políticas; logran que los ciudadanos no nos sintamos realmente representados.
Por lo tanto, antes de enorgullecernos de disfrutar en España de una Democracia Representativa, sería mejor recordar primero los sesgos que sufre la soberanía del pueblo; y si de verdad confiamos en este principio, deberíamos condenar los fundamentos antes citados que minan la representación real de los ciudadanos.
[1] Extraído de http://es.wikipedia.org/
¿Por qué no te callas?
Con esas palabras espetó Juan Carlos I, rey de España, al presidente de Venezuela Hugo Chávez en la cumbre de Santiago de Chile del 11 de noviembre. El monarca salió en defensa de la persona de Aznar debido a los oprobios que le fueron dirigidos por parte del venezolano mientras Zapatero pedía consideración y éste reclamaba su derecho de libertad de expresión.
Este hecho ha causado un gran revuelo en la población, que no está acostumbrada a ver a un jefe de Estado (y mucho menos a Juan Carlos I)
reaccionar de esa manera. Un incidente sin precedentes que muchos quieren ver como un gesto humano (y conveniente vistas las circunstancias) por parte del rey.
Pero nos encontramos con una paradoja: mientras el presidente del gobierno español pide respeto hacia Aznar, basándose en la diferenciación entre pensamiento ideólogico y persona; el monarca español manda callar a su contrincante ideólogico con una postura arrogante y desafiante.
Nadie niega que las formas de Chávez fuesen incorrectas, pero si lo que se le recrimina es su falta de modales, qué menos que responderle sin situarse a su mismo nivel. Porque si el rey no dijo una barbaridad, si no sólo su pensamiento de una forma irrespetuosa, tampoco lo hizo el presidente venezolano, que calificó de fascista a una persona que llevó a la guerra a un país a pesar de que el 80% de sus habitantes estuviesen en contra.
“El rey salió en defensa de los españoles” se dice por ahí. Pues yo no me sentí defendido ni arropado. Más bien creo que esa dedicatoria iba dirigida hacia José María Aznar y a las empresas españolas que lo único que hacen es extraer recursos de los países latinoamericanos para obtener beneficios, sin deparar en la población ni medio ambiente del lugar. Seguro que si esas empresas fuesen latinoamericanas y estuvieran establecidas en nuestro territorio, no muchos españolitos estarían de acuerdo.
“El rey no mandó callar, simplemente le preguntó por qué no lo hacía” escuché por otro lado. Esta afirmación ya ralla el intenso cinismo propio de personas que desean creerse sus mentiras para que sus ideales salgan impunes de toda controversia.
“El rey hizo lo que debería haber hecho Zapatero”. Y así demostraría España que cría hombres más duros y más valientes, supongo. ¿Para qué malgastar el tiempo con explicaciones, si puedes mandar callar a tus enemigos, y así no oír críticas ni ofensas?
La actuación del presidente fue la adecuada: responder con argumentos y de forma educada los improperios que lanzaba Hugo Chávez. Para moderar los diálogos ya estaba la anfitriona de la cumbre y presidenta chilena Michelle Bachelet; no era necesaria la intervención del rey, ni con actitud prepotente e interpeladora ni sin ella.
Si la función de Juan Carlos I es representar a los españoles, lo cierto es que me siento avergonzado.
La idealización (II)
Somos capaces, pero ¿debemos hacerlo? ¿debemos enfrentarnos a nuestros propios sentimientos? ¿debemos callar una parte que surgió de lo más profundo de nosotros para lograr un objetivo en concreto, aunque se trate de la felicidad?
Las preguntas complejas no tienen soluciones complejas, y dependen de tantos factores como circunstancias personales afecten al individuo que realiza el juicio.
Sin embargo, hemos de recordar que somos humanos, y que son los sentimientos los que nos mueven y los que impulsan nuestras decisiones (tal y como expuso Platón en su famoso mito del Carro alado). Nos diferenciamos de los demás elementos del universo por ello, por nuestra capacidad de sentir y vivir con intensidad. Tanto disfrutar como sufrir emocionalmente otorga emoción a nuestro existir, que sin dichas características perdería la esencia del concepto.

Vivir es tanto una cosa como la otra, y si nos proponemos el no negar la vida misma, tampoco deberemos negar el goce ni el padecimiento emocional. La idealización es un proceso natural, espontáneo e indirigido; y así debería ser. Que nuestra capacidad de transformar nuestros sentimientos no atrofie nuestra naturaleza humana.
¿Y si no somos correspondidos en nuestro amor y tenemos casi la total certeza de que nunca lo seremos? ¿No vendría mejor hacer lo posible por olvidarnos de la persona en cuestión, y así no padecer una tortura sentimental?
Vendría muy bien para nuestra estabilidad emocional, desde luego, pero hay que recordar que estaríamos enterrando nuestro yo interior, aquel que nace de nosotros mismos y que al no ser voluntario dice mucho de su naturaleza.
Una conducta más adecuada sería el no luchar contra nuestros sentimientos, y dejarnos llevar por la inercia hasta que otra persona de parecidas caracteríticas apareciese en nuestra vida. Y si durante ese transcurrir lo pasamos mal emocionalmente hablando, que así sea, porque estaremos viviendo una época muy intensa en nuestra vida que nos marcará como seres sentimentales que somos.
Siguiendo estos principios podríamos darle la vuelta a la tortilla:
Si la idealización es un estupendo instrumento para otorgar riqueza a nuestro existir, ¿por qué no forzarla a aparecer y luego desarrollarla a través de nuestra razón?
Si no nos llama la atención ninguna persona en el campo sentimental, existe la posibilidad de crear y ordenar factores para que la idealización aparezca en nuestra mente, y luego acabar obsesionados por dicha persona. De igual forma que podríamos usar nuestra razón para enterrar nuestros sentimientos, también la podríamos usar para hacerlos florecer.
Puesto que la idealización es entendida como un proceso involuntario que nos potencia como seres sentimentales sea cual sea su resultado, ¿entonces por qué no hacerla un proceso voluntario gracias a nuestra capacidad de cambio y tranformación, y así forzar que nuestra vida sea más intensa y más pasional?
La idealización (I)
Toda persona humana con sentimiento ha sido víctima de la idealización. Esta palabra como concepto se podría decir que es el efecto de considerar la realidad más bella y mejor de lo que realmente es; y es en el campo amoroso donde cobra mayor interés.
Cuando simplemente divisamos a una persona cuyo aspecto nos atrae, tendemos a realizar suposiciones sobre su personalidad. Como en el plano físico ya ha triunfado, querremos que lo haga también el terreno psíquico, al cual no podemos acceder con la misma facilidad. Deseamos entonces que un cuerpo tan agradable a la vista sea también un cuerpo que trasmita comodidad y energía con su presencia, y debido a nuestra desconocimiento sobre dichas cuestiones, insconcientemente imaginaremos que ocurre así.
Cualquier detalle que podamos observar a través de nuestros sentidos lo llevaremos a nuestro terreno y lo exageraremos, para que se adapte a nuestras preferencias y convertir imaginariamente en nuestra media naranja a la persona en cuestión. Así, sin llegar a
tener siquiera unas nociones básicas sobre su personalidad, ya creeremos conocerla lo suficiente como para pensar que se amolda bastante bien a nuestro modelo ideal. Creemos que la persona es cómo queremos que sea.
Y si no tenemos la posibilidad de conocerla en condiciones, basándonos en la prueba empírica y no en meras suposiciones, cualquier factor relacionado con ella conseguirá aumentar ese sentimiento de atracción, que a menudo acaba con la obsesión injustificada. Estaremos enamorados de un ente que en su mayoría ha sido creado por nuestro pensamiento a partir de una base material que nos resultó agradable y que involuntarimente hicimos llegar a más.
Pero, ya conocido este fenómeno que surge en la involuntariedad, ¿podemos usar nuestra razón para someterlo y dominarlo?
Por supuesto que sí.
Quizás pensemos que un amor que consideremos platónico no merecerá la pena que siga en pie torturándonos y nosotros con una gran fuerza de voluntad podremos lograr que desaparezca de nuestra mente. Porque el ser humano tiene una voluntad que dirigida por la razón puede -con mayor o menos dificultad- someter cualquier tipo de sentimiento.
Somos capaces, pero ¿debemos hacerlo? ¿debemos enfrentarnos a nuestros propios sentimientos? ¿debemos callar una parte que surgió de lo más profundo de nosotros para lograr un objetivo en concreto, aunque se trate de la felicidad?
Diferencia entre Ciencias Sociales y Ciencias Naturales
Los científicos de materias de la naturaleza estudian la realidad de una manera objetiva, imparcial y distanciada. Cuando un astrólogo por ejemplo estudia a los astros, sabe perfectamente que él mismo está situado en un plano distinto de la realidad que estudia. Se enfrenta a fenómenos que no puede modificar a su libre voluntad, y con los que no interactúa. El objeto a analizar, en este caso los astros, no modificarán su curso por el hecho de ser observados.
En cambio, no ocurre lo mismo en el campo de las ciencias sociales. Cuando un investigador de cualquier rama de esta ciencia, un economis
ta por ejemplo, se empeña en estudiar la realidad social, se encuentra ante un complejo haz de interinfluencias mutuas entre él y lo investigado. El economista no es completamente ajeno a las cuestiones objeto de su atención, porque él mismo es parte de la realidad social. Tiene sus propias nociones, opiniciones y actitudes sobre lo que investiga. De igual manera, cuando las personas son observadas en sus comportamientos son influidas por la propia observación.
Esto es debido al simple hecho de que los seres humanos son entes libres, con voluntad propia y con capacidad de realizar cambios en su entorno; en contraposición con los elementos estudiados en una Ciencia Natural. El comportamiento de estas personas que son objeto de observación es influida y puede ser alterada por los análisis de observación.
Como ejemplo tenemos la situación de un banco que dícese ser solvente, y cuyas prestaciones llegan al oído de los consumidores como muy favorables y convenientes. De esta manera, las personas ingresarán dinero en el banco para obtener beneficios consiguiendo así aumentar el patrimonio de la entidad bancaria, y cumplir la profecía que se habían creído.
Sin embargo, imaginemos que llega un rumor a todas esas personas de que el banco está al borde de la crisis, y que se quedarán sin sus ahorros. Aunque sea un rumor que quizás no sea real, el miedo podrá con ellos e irán rápidamente a retirar su dinero, logrando así hacer entrar al crisis, y cumplir la profecía que en su origen no tenía por qué ser cierta.
Es evidente que las ciencias sociales no pueden ser objeto nunca de un método científico riguroso, frío, matemático y calculador como si lo podrían ser las Ciencias Naturales (al menos de forma más aproximada); debido a la multitud de variables y fenómenos espontáneos que determinan el comportamiento del ser humano.
Sobre gustos está todo escrito
¿Nunca os habéis preguntado por qué una persona en cuestión os parece guapa y otra no? ¿Por qué unos rasgos faciales os resultan más atractivos que otros? ¿Por qué un tipo de cuerpo os cautiva más que otro?
Yo muchas veces, porque es un tema que me llama mucho la atención; son unas preguntas cuya respuesta me gustaría conocer, si las hubiere.
Parece que en un fundamento genético no nos podemos basar, teniendo en cuenta que a lo largo de la historia humana el canon de belleza ha ido cambiando conforme se sucedían los años (no hay más que ver la figura humana tenida en alta estima en los cuadros renacentistas), así como la información genética no ha sufrido ningún tipo de transformación sustancial desde la aparición del Homo Sapiens Sapiens.
Por otro lado, es observable que en pequeñas comunidades no afectadas por la globalización el canon de belleza también es diferente al que
pervive en nuestra sociedad. En algunas tribus africanas gozar de un voluminoso cuerpo es síntoma de esplendor estético, y sabemos perfectamente que no se trata de nuestro mismo prototipo.
Entonces, ¿lo que determina nuestros gustos es la sociedad en la que vivimos? Creo que es obvio que sí.
Desde que nacemos hasta nuestros días vemos constantemente a personas que dícese son personas bellas, ya sea mediante los medios de comunicación (sobretodo), o en nuestro inmediato entorno. A nuestra joven y potente mente de niño no le llega otra información que esa: la que está ya dictaminada incondicionalmente por nuestra sociedad actual. Así, la gran mayoría de nosotros ha crecido con las mismas concepciones de belleza, y ahora nos creemos que se trata de verdades absolutas.
De esta manera, un cuerpo delgado y esbelto nos parece a casi todos un cuerpo bello, mientras que pensaremos lo contrario de un cuerpo rechoncho y abultado. Lo mismo ocurre con los rasgos faciales, aunque existe mayor diversidad en estas consideraciones. Diversidad que es producida por el entorno más cercano a nosotros y que depende de tantos factores como ambientes familiares existen en el mundo.
Pero no sólo ocurre con el atractivo físico, si no que todos estamos atados a las mismas reglas en cuanto a gusto en la ropa, en la comida, y en definitiva, en cualquier gusto que tengamos.
Nuestros gustos son nuestros en la medida que han sido impuestos por acondicionamientos ajenos y externos, que nada tienen que ver con nuestra voluntad.
